viernes, 26 de marzo de 2010

Cuando se tiene que decidir...

Cuando era un niño, solía acompañar a mi padre en sus labores clínicas todos los sábados. Empezábamos pasando visita a los del primer piso, generalmente gente que acababa de llegar de una emergencia y que con suerte habían conseguido una cama. Luego caminábamos hasta el gran hall del hospital donde una enorme y gorda "dama" nos daba las historias clínicas, cogíamos el ascensor y al quinto piso de pacientes operados.
Tengo que aceptar que la primera vez que vi una herida abierta, sentí como un lento impulso de repulsión se adentraba en mi cuerpo; lo superé rápidamente y pronto empecé a mostrar interés, a escudriñar lo que hacía y decía mi padre.
Cada vez que pregonaba una enfermedad o un nuevo diagnóstico se volvía a mi y me explica de qué se trataba todo aquello. Por eso es que me familiaricé mucho con todo sus términos, sus sentencias, sus explicaciones y hasta con sus recetas.

Han pasado más de tres años desde la mi última "expedición" a un hospital ( una nueva norma dentro del mismo prohibió la entrada de personas no autorizadas, posible eufemismo para que se liberaran de los hijos de médicos). Ahora estoy a puertas de postular a una universidad y digo firmemente que mi vocación es la medicina. Sí, el arte galénico, el trabajar más de doce horas para salvar una vida, la profesión del que entrega todo para ayudar, del que ama su trabajo y se apasiona en él.